Radic: De país de poetas a país de arquitectos El Premio Pritzker, equivalente al Nobel de Arquitectura, se entrega desde 1979 y reconoce al arquitecto vivo cuya obra ha contribuido de manera significativa a la humanidad. En 2016 lo recibió Alejandro Aravena, y hoy es el turno de Smiljan Radic.
Que dos chilenos figuren entre los 27 arquitectos más relevantes de las últimas tres décadas no es casualidad: es evidencia de un país que desde los 90 no solo ha logrado avances en su desarrollo económico y social, sino también en expresiones culturales tan ricas y complejas como la arquitectura. En el caso de los chilenos no se trata de star-architects que diseñan grandes rascacielos, aeropuertos o palacios.
Se trata del reflejo de una búsqueda personal dentro de una escuela de pensamiento, una tradición y una manera de entender la arquitectura que en Chile tiene raíces profundas. De hecho, ambos han sido premiados por buscar y promover una arquitectura con fuerte apego a la cultura material y el paisaje.
Aravena con sus aportes a la vivienda de interés social y resiliencia, y ahora Radic, cuya obra abarca desde casas de lujo hasta un compromiso con la edificación pública: desde un modesto centro cívico en Boca Sur, hasta el Teatro Regional del Biobío. Radic se formó en la Escuela de Arquitectura de la PUC, a fines de los 80.
Entonces era una figura singular, no tanto por sus proyectos como por sus inquietudes: participó en el centro de alumnos durante la transición a la democracia, frecuentaba largas tertulias de arte y filosofía con el profesor de matemáticas, -y luego colaborador hasta su temprana muerte- Manuel Corrada; y donde tuvo sus primeras experiencias docentes y profesionales con grandes maestros como Montserrat Palmer, Teodoro Fernández y Rodrigo Pérez de Arce, pilares de esa escuela plural orquestada por Fernando Pérez Oyarzún, donde se conjugaba lo experimental con el rigor profesional, lo social con la poesía, y lo artesanal con la tecnología. Siempre inquieto, siempre con perfil bajo.