En momentos en que el gobierno impulsa una agenda de reformas inspirada en postulados ultraliberales -propuestas de rebajas tributarias corporativas, flexibilización ambiental y reducciones significativas e indiscriminadas del gasto público- , resulta pertinente volver sobre una cuestión que ha acompañado a las sociedades modernas desde los orígenes del capitalismo. La relación entre democracia y mercado ha sido objeto de intensos debates intelectuales y políticos durante más de dos siglos.
Las circunstancias actuales vuelven especialmente significativa una pregunta fundamental respecto del lugar que corresponde al mercado dentro de una sociedad democrática y de los límites que una comunidad política debe establecer frente a la expansión de la lógica mercantil. Por ultraliberalismo se entiende aquí aquellas corrientes de pensamiento económico que atribuyen al mercado una capacidad superior para resolver la mayor parte de los problemas sociales y económicos, que consideran el crecimiento económico como objetivo predominante o cuasi único de la acción pública, que minimizan la relevancia de las fallas de mercado y que observan con desconfianza la intervención estatal.
Se trata de una visión que identifica la regulación principalmente con restricciones, que deposita una confianza considerable en los mecanismos espontáneos de asignación de recursos y que tiende a concebir la deliberación democrática como una fuente potencial de distorsiones respecto de los resultados que produciría el mercado actuando con menores restricciones. La experiencia histórica permite responder una parte importante de esta discusión.
Los mercados constituyen una de las instituciones más eficaces que la humanidad ha desarrollado para coordinar actividades económicas complejas. Su capacidad para movilizar información dispersa, estimular la innovación y promover aumentos sostenidos de productividad explica una parte importante del progreso material alcanzado por las sociedades modernas.
Las economías cerradas y los sistemas de planificación centralizada demostraron poseer severas limitaciones para generar crecimiento, adaptarse al cambio tecnológico y responder a las necesidades de sociedades cada vez más complejas. La discusión contemporánea no gira en torno a la conveniencia de contar con mercados dinámicos.