Generalmente, cuando hablamos de violencia, pensamos en actos de fuerza que provocan daño a un tercero. Un insulto, un golpe, una humillación.
Desde esa perspectiva, la discusión pública suele centrarse en cómo contener el acto dañino y proteger a la potencial víctima. Sin embargo, son escasas las reflexiones en torno a la raíz de la violencia, a las condiciones que permiten que estos actos dañinos emerjan.
Rara vez nos preguntamos si la violencia se manifiesta solo cuando hay un menoscabo evidente o si también puede ser silenciosa, imperceptible, cotidiana. Nos detenemos poco en comprender qué empuja a un joven a ingresar a su colegio y acabar con la vida de una inspectora, dejando a su paso estudiantes y trabajadores gravemente heridos.
O qué ocurre en la mente de quienes deciden retener por la fuerza a una ministra y luego “acompañar” su salida entre insultos y golpes. Estas son expresiones distintas de la violencia, pero comparten algo en común.
El problema no se encuentra en el daño que se provoca, sino en aquello que hace posible provocarlo. Para causar daño a otro, lo primero que debe ocurrir es que ese otro deje de existir como sujeto.