El reajuste de este ciclo tecnológico no significa que las empresas vayan a abandonar la adopción de la IA. Por el contrario, esta marca la transición hacia una etapa de madurez corporativa.

Recientemente, ejecutivos de todo el mundo compartieron una misma fe ciega: la Inteligencia Artificial (IA) y en particular la generativa estaba lista para asumir, de forma autónoma y a una fracción de su costo, millones de trabajos de oficina. La narrativa dominante prometÃa una era dorada de eficiencia algorÃtmica donde redactores, programadores y agentes de atención al cliente eran figuras de un pasado analógico que podÃan ser reemplazadas.

Amparadas bajo esta premisa de optimización y productividad, muchas empresas ejecutaron planes de desvinculación masiva. Sin embargo, el mercado real acaba de chocar de frente contra los lÃmites prácticos del software, abriendo las puertas a una silenciosa pero masiva contraola de recontrataciones de personal.

En mi experiencia como consultor, habÃa comenzado a observar este mismo fenómeno de reversión en empresas chilenas y otras latinoamericanas, aludiendo a mejoras en productividad que nunca se habÃa cuantificado, en procesos de optimización que no quedaba clara la mejora y por sobre todo, el peligro que involucra empresas y ejecutivos que utilizan y toman estas prácticas sin siquiera comprender las tecnologÃas de fondo ni menos aún sus impactos. Este fenómeno de reversión (aka.

âel arrepentimiento del automatizador”), muestra que las empresas que recortaron drásticamente sus planillas operativas para ahorrar costos están experimentando graves caÃdas en la retención de clientes, pérdida de identidad de marca y un preocupante incremento de errores técnicos no supervisados. La premisa del ahorro inicial ha terminado convertida en facturas millonarias para mitigar daños reputacionales y técnicos.