Kast: las fisuras del diseño político presidencialista Existe hoy un consenso respecto de que el diseño del actual gobierno presenta grises y fisuras profundas. Dicha crítica suele ser parcial y se limita a observar síntomas aislados: el vaciamiento de los ministerios por el Segundo Piso, las fricciones con el Senado o la escasa militancia orgánica en las carteras.

El diagnóstico concluye, habitualmente, en la simplificación mecánica de exigir un “cambio de gabinete” o la designación de un “primus inter pares” en Interior que ordene el despliegue político. Sin embargo, enfrentamos una crisis estructural más que una de nombres.

El fenómeno no es circunstancial, sino que responde a factores anclados en la naturaleza profunda de nuestra cultura presidencialista. Primero, en la tesis del arquetipo presidencial y el Estado como biografía, el Ejecutivo chileno no opera como una estructura burocrática neutra, sino como una extensión de la personalidad y trayectoria del mandatario.

Este “autorretrato del poder” se plasma en figuras definidas: Ricardo Lagos, el “monarca republicano”, cuyo peso histórico decantó en un diseño jerárquico de liturgia decimonónica; y Sebastián Piñera, el “CEO”, quien trasladó la lógica del management de alto rendimiento a La Moneda, convirtiendo el gabinete en un tablero de control gerencial. En sus primeros 50 días, Kast delinea el arquetipo del “guardian de la sacristía”: un diseño que externaliza la operación en el Segundo Piso y vacía de facultades a los ministerios, salvo Hacienda.

Esta estructura reserva la figura presidencial a la custodia formal de un relato sagrado de confrontación permanente. Segundo, nos encontramos frente a un eclipse de los partidos y la ilusión de su prescindencia, lo que revela una tendencia persistente desde el primer mandato de Michelle Bachelet: el intento de los presidentes por emanciparse de los cuadros tradicionales de la política.