La reciente tragedia en el Volcán Calbuco y el grave accidente en el Volcán Casablanca no son eventos aislados; son un síntoma crítico de una brecha profunda en nuestra cultura de montaña. En la Región de Los Lagos, donde la belleza escénica de nuestros volcanes es un imán indiscutible para el turismo, hemos confundido la accesibilidad geográfica con la falta de complejidad técnica.
La naturaleza agreste no entiende de recreación casual; entiende de física, meteorología y gestión de riesgos. La ausencia de elementos de protección personal, específicamente el casco, en ambos incidentes es el reflejo de una subestimación peligrosa.
En terrenos volcánicos, donde la inestabilidad del suelo y la caída de rocas son riesgos inherentes, el casco no es un accesorio opcional, sino una pieza fundamental del equipamiento de seguridad que separa un susto de un desenlace fatal. La profesionalización de la actividad turística en Chile, impulsada por normativas como el Sello R de SERNATUR, busca precisamente instalar la cultura del «turismo informado».
No obstante, cuando el excursionista decide omitir la instrucción técnica, la normativa institucional se vuelve ineficaz. La solución no radica en prohibir el acceso, lo cual sería una medida miope y contraproducente para el desarrollo del turismo de intereses especiales.
La respuesta está en la educación y la profesionalización del excursionista principiante. Debemos transitar desde un modelo donde la montaña es vista como un parque recreativo hacia uno donde sea reconocida como un entorno de alto desempeño.