Antón Castro, el bisnieto que se hizo cargo de la casa de comidas familiar y ha ganado el premio al mejor cocinero de Galicia 2026 El cocinero gallego ha sabido continuar con el legado familiar de Casa Gaibor, un establecimiento de 1950, y los reconocimientos no han tardado en llegar Casa Gaibor huele a lumbre del pasado, a cobijo, a vida. Sus paredes de piedra y antiguas vigas de madera recogen la historia de cuatro generaciones cuyo negocio es una forma de vivir heredada e incuestionable desde que José y María, los bisabuelos, abrían sus puertas en 1950 en el centro de Guitiriz, un pueblo ubicado en la Terra Chá (Lugo).
Antón Castro (28 años, Lugo), el bisnieto, señala a todas partes con la mirada y recrea escenas de otra época. La mesa en la que se pasaba las tardes dibujando al salir del colegio, ahora ocupada por una pareja que comparte una chuleta de ternera; el rinconcito al lado de la chimenea donde dormía la perra; el comedor del fondo, donde antes vivía el ganado; los vinos reliquia de su abuelo Toñito colgados en la pared; la barra, zona de recreo y confesionario para un pueblo entero; o las fotos en blanco y negro que recuerdan por qué esta casa, suya y de quien entra en ella, existe.
“Vivir aquí es como ver el mundo en pequeñito”, dice el actual cocinero de la saga familiar. Cuando Gaibor nació, era un modesto bar al que ir a beber vino de la casa y comprar conservas, bocadillos o material de caza durante una Galicia de escasez, represión franquista y una fuerte oleada de migración.
José, conocido como Señor Gaibor, se quedó viudo pronto y sacó adelante el negocio y a su hijo Toñito; inquieto, muy querido y primer relevo junto a su mujer Pilar en los años setenta. “Era un tipo un poco raro para su momento, todo el mundo estaba acostumbrado a que la hostelería tenía que estar abierta todo el día y él cerraba sus dos días y tenía su mes de vacaciones, que los empleaba para viajar y traer comida, bebida y tabaco”, cuenta Antón sobre una segunda etapa en la que se consolidaron como taberna mítica más allá del pueblo.
Poco tiempo después, su mujer también fallecía y su hija Pili se hacía cargo de la casa y del bisabuelo José con tan solo 17 años. Cerrar no era una opción.