El sistema político chileno acumula una década de fractura visible en los números. El 24% de los diputados militantes abandonaron o cambiaron de partido durante el último periodo legislativo, y el transfuguismo en la Cámara creció siete veces respecto de 1990. Son las cifras que la UDI pone sobre la mesa para justificar una reforma urgente a la Ley de Partidos Políticos.
Según publicó BioBío Chile, el diagnóstico apunta a las reformas del segundo gobierno de Michelle Bachelet como el punto de inflexión. Esos cambios abrieron la puerta a una proliferación de partidos sin masa crítica. Hoy la Cámara de Diputados aloja 16 colectividades. De ellas, el 37,5% tiene tres diputados o menos. El resultado práctico es una sala donde la aprobación de una ley puede quedar en manos de uno o dos parlamentarios que negocian por su nicho, no por el bien común.
La UDI no plantea el problema como ideológico, sino como estructural. Su tesis es que Chile necesita partidos con vocación de mayoría, capaces de construir los consensos que la política de nichos ya no produce. El argumento mira hacia atrás: en los años 90 y principios de 2000, con menos partidos y más cohesión interna, el país logró acuerdos que redujeron la pobreza a tasas que entonces eran referente internacional.
El contraste con el presente es duro. La polarización extrema reemplazó el debate que producía acuerdos. Los partidos se multiplican y los diputados saltan de colectividad en colectividad según la conveniencia electoral. Mientras tanto, lo que la UDI llama "la mayoría silenciosa" queda fuera de la discusión política real.
El proyecto de reforma ya dio un paso concreto: fue aprobado en la Cámara de Diputados y pasó al Senado, donde debe resolverse antes del término del periodo legislativo. La urgencia tiene rostro propio. Jaime Mulet, diputado del Partido Federación Regionalista Verde Social (FRVS), se reunió en febrero con el presidente electo José Antonio Kast para buscar apoyos ante una reclamación que amenaza con disolver su colectividad. Es el síntoma más claro de una arquitectura política que cruje desde adentro.
