La FIFA de Babilonia He seguido el campeonato mundial de fútbol con emoción y algún grado de nostalgia, pero también con pena. El “deporte rey” se encuentra evidentemente sometido a los designios más mezquinos del culto al dinero.
Los eventos en tres países le quitan sabor e identidad a la cita mundialera. Las entradas tienen precios absurdos.
Las casas de apuestas online, que son la perdición de millones de personas, auspician casi todo lo que se mueve. Los cupos para clasificar se multiplicaron al punto de que van muchos equipos malos, con el resultado de decenas de partidos absolutamente disparejos, con el único fin de involucrar a más países en el negocio.
Y, no contentos con todo esto, el invento de las “pausas de hidratación”, que hace que en rigor ahora haya cuatro tiempos por partido, tiene como primer objetivo evidente interrumpir el juego para introducir más avisaje comercial. Como guinda de la torta, ahora muchos equipos aparecen luciendo, sin necesidad reglamentaria, rebuscadas camisetas alternativas a la tradicional, principalmente para venderlas a los fans.
La única estrategia comercial que se vio frustrada es la de los ubicuos botines rosados: a muchas marcas se les ocurrió tratar de llamar la atención con el mismo truco, inutilizando su efectividad. El álbum del Mundial, en cambio, ha sido un batatazo: completarlo cuesta casi un sueldo mínimo, pero nadie se ha podido restar.