¿Seguirá el gobierno gobernando prioritariamente para consolidar adhesiones? ¿O comenzará plenamente a ejercer la tarea más difÃcil de una democracia moderna?

La Cuenta Pública del presidente José Antonio Kast no debiera transformarse en un ejercicio de reafirmación identitaria, una sucesión de consignas sobre orden ni una puesta en escena diseñada para consolidar certezas entre los propios. La campaña terminó.

Y ése debiera ser hoy el principal dato polÃtico para un gobierno que, tras sus primeros meses en La Moneda, enfrenta una exigencia mucho más compleja que ganar una elección: demostrar capacidad efectiva de conducción. Porque Chile no eligió una narrativa.

Eligió un Presidente para gobernar un paÃs golpeado por la inseguridad, la incertidumbre económica, las listas de espera, la crisis de aprendizajes y una ciudadanÃa crecientemente cansada de la polÃtica hablando de sà misma. Y gobernar exige algo bastante menos épico ây bastante más difÃcilâ que administrar expectativas electorales.

Exige prioridades claras, coherencia polÃtica y capacidad real de ejecución. El problema ya no puede explicarse únicamente como dificultades normales de instalación.