Georg Wilhelm Friedrich Hegel fue uno de los filósofos más influyentes de la modernidad. Pensó la historia no como una serie de hechos aislados, sino como un proceso atravesado por contradicciones, luchas y transformaciones.
En tiempos como los de hoy, marcados por guerras, sanciones, crisis energéticas, disputas narrativas y tensiones geopolíticas crecientes, su visión vuelve a ser sorprendentemente útil. Hegel nos ayuda a entender que los conflictos no se desarrollan de manera lineal ni obedecen únicamente a la voluntad de una potencia: avanzan por choques, negaciones y respuestas que terminan alterando el propio orden que intentaba imponerse.
Por eso, en la actual era de confrontaciones globales, pensar con Hegel permite ver algo que muchas lecturas superficiales no alcanzan a captar: que cada intento de dominación produce también la semilla de su propia crisis. A veces creemos que Hegel pertenece al museo de las ideas: busto de biblioteca, prosa difícil, frases sobre el Espíritu y la Historia que parecen muy lejos del precio de la gasolina, de los apagones en Cuba o de los bombardeos sobre Irán.
Pero quizá hoy, precisamente hoy, Hegel sea más útil que nunca. No para repetirlo como dogma, sino para entender algo incómodo: los conflictos no avanzan en línea recta; avanzan por contradicciones.
Y cuando una potencia cree que puede imponer el orden por pura fuerza, lo que suele producir no es estabilidad, sino la forma siguiente del desorden. La dialéctica hegeliana, leída de manera sencilla, enseña que la realidad se mueve por tensiones y negaciones.